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Un cabo suelto (2025), de Daniel Hendler

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Un cabo suelto (2025), de Daniel Hendler

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Por Mauro Lukasievicz

Hay películas que se proponen contar todo, explicarlo todo y cerrar cada una de sus líneas narrativas con la prolijidad de un rompecabezas terminado. Pero Un cabo suelto, la más reciente creación de Daniel Hendler, se atreve a recorrer el camino contrario: dejar abierto, insinuar más que confirmar, sugerir en lugar de dictar. En ese gesto se encuentra no solo su singularidad, sino también su potencia narrativa. El título ya anticipa lo que veremos: un cabo suelto. Esa expresión, que en el habla cotidiana suele asociarse a los cabos que deben atarse para que todo quede en orden, aquí adquiere una dimensión ambigua y fascinante. En el terreno policial o del thriller, “no dejar cabos sueltos” significa eliminar testigos, asegurarse de que nada ni nadie pueda delatar o complicar a los protagonistas. Sin embargo, Hendler se apropia de la frase y la resignifica, llevándola al plano literal y metafórico. El “cabo” es un policía, pero también es la metáfora de algo que escapa, que queda colgando, que se resiste a ser controlado. Ese juego de sentidos funciona como brújula narrativa: no estamos ante una historia que busca explicar todos los porqués, sino ante un relato que se permite dejar espacios en blanco. Un cabo suelto es una película que se atreve a dejar cabos sueltos Lo que inicia la huida del protagonista nunca se revela por completo, y ese vacío no es una carencia, sino un hallazgo.

Hitchcock decía que el MacGuffin es “el nada de la historia”, aquello que obsesiona a los personajes pero carece de verdadera importancia para el espectador. Un cabo suelto parece construirse desde esa lógica: no importa qué hecho concreto detonó la fuga del protagonista, sino el recorrido que realiza, las personas que conoce y los contrastes culturales que emergen en ese camino. La película juega con esa ausencia deliberada: el espectador no recibe respuestas cerradas, y en cambio se encuentra con preguntas abiertas, con situaciones que funcionan como reflejos de una vida en tránsito. Esa decisión, lejos de ser un obstáculo, es un acierto. Hendler nos recuerda que a veces lo más interesante no es saber exactamente qué persiguen los personajes, sino cómo ese perseguir (o ser perseguidos) revela algo más profundo sobre ellos y sobre nosotros. La historia arranca de manera abrupta: un atropello que parece lanzarnos al medio de los acontecimientos. De allí en más, seguimos a un policía que huye casi sin quererlo, un fugitivo que atraviesa rutas, pueblos y fronteras. La suya no es una fuga desesperada, sino más bien errática, marcada por encuentros fortuitos con vendedores de quesos, abogados laborales, notarios o vendedoras de duty free. Cada uno de esos personajes secundarios funciona como un espejo cultural, como una oportunidad para contrastar costumbres, acentos y modos de vivir. Y en ese viaje se despliega el subtema de la película: las pequeñas diferencias entre argentinos y uruguayos, esas divergencias mínimas que, observadas con humor y paciencia, revelan universos enteros de identidad.

El Río de la Plata siempre ha sido un espacio compartido, donde lo argentino y lo uruguayo conviven, se mezclan y a veces se confunden. Hendler, con su mirada irónica y ligera, pone esa convivencia en el centro del relato. A través de escenas aparentemente simples (el mate preparado de manera “incorrecta”, el uso insistente del cinturón de seguridad, las comparaciones musicales entre cumbia y rock, o incluso el modo de hablar) la película nos muestra cómo lo cotidiano puede transformarse en materia cómica y reflexiva. La frontera no aparece aquí como un muro ni como un límite hostil, sino como un espacio poroso, donde las identidades se entrecruzan y generan situaciones de malentendido, complicidad o choque leve. En esa dinámica surge un retrato orgánico de lo rioplatense, con sus matices y contradicciones.

A medida que la película avanza, comprendemos que este policía fugitivo es más que un hombre escapando de colegas corruptos. Es también un sujeto que se desprende poco a poco de su identidad anterior. Su uniforme, pieza por pieza, va quedando atrás, intercambiado o abandonado en el camino. Lo que parecía una huida se convierte en un proceso de transformación, de reinvención. En ese sentido, el “cabo suelto” no es solo él, sino la metáfora de cualquier persona que se encuentra en el borde de un cambio, que deja atrás lo que lo definía y se abre a lo incierto. Porque no se trata de resolver un misterio, sino de acompañar un trayecto. Ese trayecto se nutre de paisajes rurales, de peajes fronterizos, de conversaciones aparentemente triviales que esconden una mirada aguda sobre la vida rioplatense. 

Titulo: Un cabo suelto

Año: 2025

País: Uruguay/Argentina

Director: Daniel Hendler

  Foco: VENECIA 2025

Fuente: https://caligari.com.ar/un-cabo-suelto-2025-de-daniel-hendler/

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