
Por qué desregular el mercado de capitales es la nueva urgencia oficial
Por Cristian Brandt* Buenos Aires, 19 junio (NA) -- El presente de la economía argentina se vive en dos velocidades: es emocionante para algunos y decepcionante para otros; un escenario...
Por Cristian Brandt*
Buenos Aires, 19 junio (NA) -- El presente de la economía argentina se vive en dos velocidades: es emocionante para algunos y decepcionante para otros; un escenario sin antecedentes para los jóvenes y dolorosamente cíclico para los pos-40. Probablemente todos tengan razón en algún punto, y es que hoy convivimos con una heterogeneidad en la dinámica del PBI y del empleo pocas veces vista en nuestro país.
Mientras el modelo liberal en implementación facilita el flujo de capital hacia los proyectos, industrias y geografías más productivas e integradas al mundo, los sectores rezagados —comercio, construcción e industria— observan los indicadores macroeconómicos como si pertenecieran a otro país.
En este contexto de brechas, el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, anunció recientemente una “reforma estructural gigantesca para el mercado de capitales, para el financiamiento de nuestras empresas y para los instrumentos de ahorro de los argentinos”. A través de las resoluciones 1145/26 y 1150/26, el Gobierno busca simplificar drásticamente el acceso al financiamiento, eliminando la aprobación previa de la Comisión Nacional de Valores (CNV) para emisiones de Fondos Comunes de Inversión cerrados, acciones, fideicomisos y obligaciones negociables por montos de hasta 100 millones de UVA (unos USD 139 millones).
La pregunta obligada es: ¿por qué el Gobierno pone la lupa y la urgencia regulatoria sobre el mercado de capitales doméstico justo ahora? La respuesta está en el corazón del sistema bancario tradicional y su actual parálisis crediticia.
EL "EFECTO COLATERAL" DE LA BAJA DE INFLACIÓN
El sacrificio financiero de la clase media urbana es enorme, y la sensación de asfixia no da tregua desde el repunte inflacionario del año pasado. A este panorama se le sumó una realidad compleja: el freno del roll-over crediticio. Familias y empresas que antes refinanciaban de manera casi automática deudas vigentes —las cuales terminaban licuándose por la alta inflación— se chocaron de frente con un nuevo paradigma.
La baja de la inflación, una noticia celebrada a priori, generó un descalce inmediato porque no conllevó una reducción proporcional en las tasas de interés nominales. Este fenómeno explica el gran estrés crediticio que comenzaron a enfrentar familias, bancos, financieras y fintechs.
El último informe de bancos emitido por el Banco Central (BCRA), con datos a marzo de 2026, es elocuente: refleja una morosidad superior al 14% en préstamos personales y cercana al 12% en tarjetas de crédito. Entre proveedores no financieros de crédito (Fintech, cadenas de electrodomésticos, Cooperativas, etc) la morosidad en préstamos personales superó el 30%.
El drama de la mora no es patrimonio exclusivo de los hogares; la situación en el mundo corporativo es igualmente compleja. En este segmento, la morosidad golpeó incluso a sectores tradicionalmente sólidos, como las empresas exportadoras. Muchas de ellas implementaron una estrategia que terminó siendo una trampa: financiarse con crédito local para retener y revaluar stock, apostando a un salto devaluatorio. Al mantenerse el dólar anclado, quedaron expuestas al impacto directo y negativo del carry trade en pesos, sufriendo un proceso de descapitalización severo que hoy las mantiene contra las cuerdas y sin capacidad de respuesta financiera.
Para el sistema bancario, este nivel de mora cruzada —que afecta tanto al consumo como a la producción— es un ancla. Por cada peso que las entidades prestan, deben comprometer un porcentaje de capital propio cuyo valor está atado a la calificación de riesgo del cliente. A medida que la cartera se deteriora, los bancos se ven obligados a previsionar y absorber ese costo con su propio patrimonio. Esto destruye la rentabilidad de las carteras vigentes y reduce drásticamente el capital disponible para originar nuevos préstamos. Ante este escenario, la decisión de las áreas de riesgo fue la más racional: cerrar el grifo.
DOS PAÍSES, DOS SISTEMAS DE FINANCIAMIENTO
¿Qué relación tiene esta parálisis crediticia con la marcada heterogeneidad de nuestra economía? Una absoluta. El crédito es el combustible indispensable para los centros urbanos y el tejido productivo.
Hoy vemos que los grandes proyectos mineros o energéticos —las estrellas del modelo actual— se apalancan sin mayores problemas sobre el crédito internacional. En cambio, la multiplicidad de comercios, pymes y empresas medianas que rodean el AMBA, el Gran Rosario o Córdoba dependen exclusivamente del mercado de crédito doméstico, tanto para sostener su capacidad operativa como para financiar el consumo de unas familias que ven muy enlentecido el recupero de sus ingresos.
Sin una mejora del ingreso real y con empresas descapitalizadas por las apuestas cambiarias fallidas, cualquier reactivación del crédito bancario tradicional será limitada. Por eso es vital mejorar las condiciones de competitividad desde el lado de la oferta. Dado que el alivio impositivo viene rezagado —con la única excepción de la reducción del impuesto inflacionario—, abaratar y dinamizar las vías alternativas de financiamiento pasó a ser la prioridad número uno.
EL IMPACTO REAL DEL "FAST-TRACK" NORMATIVO
Allí es donde las resoluciones 1145 y 1150/26 adquieren verdadero sentido analítico, intentando saltear el cuello de botella bancario para dinamizar sectores con impacto directo en el empleo, como el inmobiliario y el financiamiento pyme.
Por experiencia propia de haber participado en múltiples emisiones de fideicomisos financieros, el proceso regulatorio no suele sufrir demoras cuando hay repetitividad en el emisor; la CNV ya conoce el historial de cumplimiento y el trámite fluye. El verdadero calvario burocrático y el desincentivo financiero ocurrían ante un nuevo emisor.
Al eliminar la barrera de la aprobación previa para montos de hasta USD 139 millones, la reforma toca la tecla correcta. No hace milagros con la macro, pero remueve el peaje burocrático para que el ahorro privado y los proyectos que necesitan capital se encuentren de forma directa. En el mediano y largo plazo, este "bypass" al sistema bancario tradicional puede ser un buen dinamizador.
Volviendo al punto de partida sobre la dicotomía de las percepciones, no considero que estemos ante una situación meramente cíclica. Argentina está transformando su matriz productiva hacia una frontera de sector externo mucho más alta y, fundamentalmente, sostenible. A largo plazo, este cambio estructural tendrá fuertes implicancias en la competitividad de toda la economía. Por eso, si el objetivo de fondo es unificar las realidades y consolidar una sola percepción de país, resulta urgente igualar las condiciones tributarias y de acceso al crédito a las que hoy acceden las pymes del resto del mundo. Desregular el mercado de capitales es, en el fondo, el primer paso en esa dirección.
*Cristian Brandt | Lic. en Economía (UBA) con Maestría Sloan Fellows (LBS), especialista en Banca y Mercado de capitales.
Agencia NA